Juventud, vejez y todo lo que aprendemos al vivir

En enero cumplí 50 años.
Y no sentí miedo. Sentí claridad.

Quizá porque ya había vivido antes otros momentos en los que la vida te obliga a recolocarte.
Como cuando fui madre a los 38 años y comprendí que, de pronto, mi mirada sobre el tiempo, el trabajo y la prioridad de las personas había cambiado para siempre.

También cambió la mirada de una empresa hacia mí.
No de forma explícita, pero sí real.
Como si la maternidad me hubiera restado valor profesional, cuando en realidad me estaba enseñando algunas de las competencias más importantes de mi vida: responsabilidad, gestión del tiempo, empatía, resiliencia.

Con la edad ocurre algo parecido.

Nos educan para temer la vejez, para ocultarla, para suavizarla con eufemismos.
Pero nadie nos prepara para entenderla como lo que es: una etapa más de la vida, llena de sentido, de experiencia y de humanidad.

Juventud y vejez no son opuestos.
Son partes del mismo camino.

Cuando negamos valor a una etapa vital, nos lo negamos a nosotros mismos en el futuro.
Cuando cuidamos, respetamos y acompañamos cada etapa, construimos una sociedad más justa… y también más serena.

En CuiDAPA creemos en eso:
en vivir, envejecer y cuidar con dignidad, hasta el último momento.

Este será el primero de muchos jueves hablando de jubilación, envejecimiento y vida.
Sin dramatismos.
Sin tópicos.
Con verdad.